| Natividad de San Juan Bautista |
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“Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, Is 49,1-6 La Solemnidad del Nacimiento de Juan Bautista interrumpe, momentáneamente, la continuidad de las lecturas bíblicas de los pasados domingos. Destacamos en torno al nacimiento del Precursor de Jesús la importante misión que Dios le encomendó, así como también, algunos aspectos que rodearon precisamente su nacimiento. El texto de Isaías comienza con una gran verdad, la vida humana comienza mucho tiempo antes del nacimiento: “El Señor me llamó desde el vientre de mi madre; cuando aún estaba yo en el seno materno, él pronunció mi nombre”. ¡Qué maravillosas afirmaciones! El texto nos recuerda lo sucedido cuando María visita a su parienta Isabel: “apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno…” (Lc 1,44). La misión de Juan es la misión del misterioso Siervo de Dios de quien el profeta Isaías dice: “Hizo de mi boca una espada filosa,… me hizo flecha puntiaguda, me guardó en su aljaba… mi causa estaba en manos del Señor...; te voy a convertir en luz de las naciones…”. Juan Bautista, en efecto, fue un incansable predicador de la Palabra, quien llevando una vida humilde y austera, preparó la venida del Señor exhortando a la penitencia y a la conversión (Segunda lectura). La figura de este gran hombre de Dios nos debe ayudar a vivir plena e intensamente nuestra vocación profética. El nacimiento de Juan Bautista está rodeado de signos prodigiosos. San Lucas, más adelante en su evangelio, al hablar del nacimiento de Jesús, también lo presentará acompañado de grandes signos. Aquí, en principio, resaltamos varias cosas: Su nacimiento “milagroso” desconcierta y llena de regocijo a sus vecinos y parientes; el nombre “Juan” que le ponen evoca, por una parte, la acción salvífica de Dios, “Dios ha tenido misericordia” y, a la vez, expresa que la figura del Precursor está orientada hacia el futuro, más que al pasado (no le dan el nombre del padre o del algún antepasado). A Zacarías se le desata la traba de la lengua y comienza a bendecir a Dios (Cántico del Benedictus); esto provoca más admiración y fe en la gente: “… la mano de Dios estaba con él”. El relato del evangelio concluye con un breve resumen en el que se destaca, tanto el crecimiento físico e interior de Juan Bautista, como el ambiente que le ayudó a este desarrollo: el desierto; que sin lugar a dudas simboliza el lugar propicio para el encuentro con Dios. Este domingo pongamos en las manos del Señor una humilde súplica: que la figura de Juan el Bautista sea para nosotros un modelo ejemplar de humildad, austeridad, constancia en la predicación de la Palabra y amor a la verdad hasta el mismo martirio. Así sea.
Mons. Ruy Rendón Leal
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